La luz se asoma en la ciudad de la soledad, inmediatamente escupe la basura y los escombros del día. La oruga callejera recoge a los muertos, para llevarlos al ares, una vez más. Los muertos nunca hablan entre ellos, porque su boca se desgarraría en el intento. Dentro del monstruo la única luz que se ve, es la de sus orificios. Aquellos rayos que entran y desaparecen por los hoyos del insecto, asemejan a las luces que parpadean. Los rostros son iluminados, por los fugaces claros, y estos representa lo inexpresivo, no hay dolor y no hay alegría. Muertos en vida responden a sus instintos básicos, en búsqueda de un poco de luz y de un calor corporal extranjero. Durante la búsqueda de luz y calor sus cuerpos rozan rápidamente el de otros muertos, la piel sebosa y con manchas de sangre se mezcla al hedor de la oruga. Un chillido constante hace olvidar lo inmundicia y los sueños de los muertos. A medida que el viaje avanza, el tiempo se detiene, para contarnos una historia, esta trata de la vida de los muertos, con la que la miradas realzan la tortuosa angustia de haber trabajado toda su vida para este momento.
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