Cayó muerto en un rincón de la calle. Un día martes salió de la casa en busca del paquete que se le había encargado. Mientras caminaba hacia el lugar, él más titubeaba, la tarea se debía cumplir a la hora determinada, tal como se acordó. Con cada paso que daba estaba más cerca de su compromiso, de repente un escalofrió erizó la piel del joven, la mente estaba nublaba, el camino se le hacía eterno y las ganas de orinar lo perseguían.
A pesar que desde hace un mes había planeado ese momento, cuando salió de la pensión no se acordó de arreglarse el cuello a la camisa y menos el de su chaqueta. En el instante que cruzo la calle una sensación de miedo y angustia, lo sacudió de su pragmática coordinación, eran dos policías, estos estaban vigilando la calle, de un momento a otro trató de recuperar la compostura para pasar lo más desapercibido posible. Uno de los policías lo había visto, incluso antes de que él lo viera, lo seguía con la mirada, identificando al sujeto que esperaba, por el contrario él no sabía lo que el policía sabía. Antes de salir de la casa estuvo escuchando un discurso de José Carlos, por ese tiempo el dirigente masas del continente, él pensaba que las palabras y las arengas lo harían inmune al miedo.
Después de un rato, el policía dejo de seguirlo con la mirada porque ya no estaba en la mira, parecía haber pasado desapercibido, lo único en que pensaba era hacer la tarea lo más rápido posible para así desaparecer por un tiempo. Cuando el comité le había pedido su colaboración en la misión este no dudo en responder que sí, pero después de salir de la sala comprendió las dimensiones y el riesgo de su compromiso. Un silbido lo desconcertó, miro hacia todas partes, pensó que era la policía que lo venía a detener, por el contrario era un viejo amigo de la infancia. Camilo Mimbre, era un chiquillo de su antiguo barrio. Lo saludó fugazmente para no levantar mayores sospechas. Una vez en el punto de encuentro, no vio a nadie y decidió volver, pero su mirada se detuvo por última vez en un falcon verde que venía en dirección a él. En ese instante grito: ¡viva el pueblo argentino carajo! Las balas destrozaron al joven y el silencio terminó por devorar sus seños y su cuerpo.

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